A fines de los años 90 y en el cambio hacia los 2000, las bandas con guitarras al frente parecían desaparecer casi de la noche a la mañana de la programación radial. Muchas se disolvieron, otras sucumbieron a excesos, y las que resistían lo hacían con dificultad mientras la fiebre del cambio de milenio se apoderaba de la industria musical. En su lugar, dominaban las boy bands y las colaboraciones entre el pop y el hip-hop. Encontrar guitarras en la radio del año 2000 era, simplemente, una rareza.
En ese contexto adverso, el ascenso de The White Stripes resultó inesperado.
El dúo de Detroit, integrado por Jack White y Meg White, lanzó en julio de 2001 su tercer álbum, White Blood Cells. Aunque no fue un éxito inmediato en los rankings, sí captó la atención suficiente para posicionarlos como una propuesta fresca dentro de una escena dominada por sonidos más comerciales. Su estética minimalista y su enfoque crudo del garage rock comenzaron a marcar una diferencia.
Ese impulso no fue aislado. Paralelamente, surgían otras bandas que también apostaban por el regreso de las guitarras, como The Strokes, The Black Keys y Kings of Leon, dando forma a una suerte de mini-revolución sonora.
El punto de inflexión llegó en abril de 2003 con el lanzamiento de Elephant. Para entonces, el renacimiento del garage rock ya estaba en marcha. Si bien discos como Is This It habían sido aclamados por la crítica, su impacto comercial inicial fue limitado. En contraste, Elephant logró escalar rápidamente en popularidad, alcanzando el puesto número 6 en Estados Unidos y consolidando a The White Stripes como líderes de este resurgimiento.
Contra todo pronóstico, en una era dominada por el pop y el hip-hop, las guitarras volvieron a abrirse paso. Y en el centro de ese cambio estuvieron The White Stripes, demostrando que el rock aún tenía mucho que decir en el nuevo milenio.
