Durante años, la sociedad ha asociado la inteligencia emocional con las mujeres, atribuyéndoles una mayor capacidad para comprender los sentimientos de otras personas, resolver conflictos y ofrecer apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, una investigación internacional de gran alcance decidió examinar si esta percepción tiene realmente un respaldo científico.
La inteligencia emocional suele relacionarse con habilidades como reconocer las propias emociones, interpretar los sentimientos de los demás, gestionar las reacciones ante situaciones complejas y responder de manera adecuada en las relaciones personales y profesionales. Por estas razones, se ha convertido en una capacidad cada vez más valorada tanto en la vida cotidiana como en el mundo laboral.
La imagen popular de una persona emocionalmente inteligente suele ser la de alguien capaz de detectar cambios en el ambiente, calmar una discusión o encontrar las palabras adecuadas para acompañar a un amigo que atraviesa un momento complicado. En el imaginario colectivo, muchas personas identifican estas características principalmente con las mujeres.
Pero ¿se trata de una diferencia real entre hombres y mujeres o de un estereotipo que se ha mantenido a lo largo del tiempo?
Una investigación con más de 600 mil participantes
El estudio, codirigido por la doctora Vera Hampel y desarrollado junto a Leon Bach, examinó casi tres décadas de investigaciones publicadas entre 1995 y 2023. En total, el análisis reunió 1.428 muestras de investigación y 609.278 participantes de 76 países, convirtiéndose en una revisión de gran alcance sobre las diferencias de género en las habilidades emocionales.
Los resultados, publicados en la revista científica Emotion, apuntan a una conclusión: las mujeres obtienen, en promedio, puntuaciones más altas en inteligencia emocional que los hombres. Sin embargo, la diferencia no es igual en todas las habilidades analizadas ni significa que todas las mujeres superen a todos los hombres.
La principal ventaja femenina se observó en las capacidades relacionadas con las emociones de otras personas, como reconocer lo que sienten, comprender sus reacciones y ayudarlas a gestionar situaciones emocionalmente difíciles.
¿Qué explica esta diferencia?
Una de las preguntas centrales es si la diferencia responde exclusivamente a factores biológicos. Los investigadores advierten que no es posible descartar por completo la influencia de la biología o las hormonas, pero identificaron patrones que apuntan también al papel del aprendizaje y la socialización.
Según el análisis, la ventaja de las mujeres es considerablemente menor durante la infancia que en la edad adulta. Además, la diferencia se ha reducido a lo largo de las décadas examinadas.
Estos resultados son compatibles con la idea de que la inteligencia emocional también se desarrolla mediante la experiencia, la educación y la práctica. No obstante, el estudio no permite establecer por sí solo las causas exactas de estas diferencias.
Las expectativas sociales podrían desempeñar un papel importante. Diversas investigaciones citadas por los autores señalan que los padres suelen utilizar un vocabulario emocional más amplio con sus hijas y fomentar en ellas una mayor expresión de sus sentimientos.
En cambio, algunos niños reciben mensajes que los animan a contener o reprimir sus emociones, en lugar de expresarlas y analizarlas con otras personas.
Con el paso del tiempo, estas experiencias podrían influir en la manera en que hombres y mujeres aprenden a interpretar los estados emocionales de quienes los rodean.
Una habilidad que también puede aprenderse
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que la inteligencia emocional no debe considerarse una capacidad exclusiva de un género.
Los investigadores destacan que estas habilidades pueden desarrollarse mediante el aprendizaje y la práctica. Por lo tanto, los hombres también pueden fortalecer su capacidad para reconocer emociones, escuchar activamente, comprender distintas perspectivas y resolver conflictos.
Esta conclusión tiene especial importancia en ámbitos como las relaciones familiares, las amistades y los equipos de trabajo, donde comprender las emociones de otras personas puede contribuir a mejorar la comunicación y prevenir enfrentamientos.
En ese sentido, la investigación invita a dejar atrás la idea de que la sensibilidad emocional es una característica exclusivamente femenina y a promover oportunidades para que todas las personas desarrollen estas capacidades.
El costo de ser quien siempre comprende a los demás
El estudio también plantea una reflexión sobre las consecuencias de asociar la inteligencia emocional con las mujeres.
Cuando se considera que ellas tienen una predisposición natural para comprender, escuchar y apoyar emocionalmente a los demás, existe el riesgo de que estas tareas se conviertan en responsabilidades que se les asignan automáticamente.
En el trabajo, por ejemplo, una persona que sabe mediar en discusiones, calmar tensiones o acompañar a compañeros que atraviesan dificultades puede terminar asumiendo constantemente ese papel, sin que su contribución sea reconocida formalmente.
Aunque estas labores ayudan a mantener un buen ambiente laboral, no siempre aparecen en las evaluaciones de desempeño ni se consideran al momento de decidir ascensos o recompensas.
Por ello, los autores proponen que las organizaciones reconozcan el valor de estas capacidades y promuevan su desarrollo entre todos los trabajadores, evitando que la responsabilidad de mantener la armonía recaiga siempre sobre las mismas personas.
La reflexión también se extiende a la vida cotidiana. En las familias y amistades, quien recuerda preguntar cómo está un ser querido, detecta cuando alguien necesita apoyo o intenta resolver un conflicto realiza una labor emocional que muchas veces pasa inadvertida.
Una conclusión que invita a cambiar los estereotipos
Los resultados no significan que las mujeres sean emocionalmente superiores en todas las circunstancias ni que los hombres carezcan de estas habilidades. Se trata de diferencias promedio identificadas en un amplio conjunto de investigaciones, que varían según la capacidad evaluada, la forma de medirla y el contexto.
La principal conclusión es que la inteligencia emocional merece ser reconocida como una habilidad valiosa y desarrollable, en lugar de considerarse una obligación asociada al género.
El desafío, según los investigadores, consiste en reconocer el aporte de quienes habitualmente sostienen emocionalmente a los demás y, al mismo tiempo, ofrecer a todas las personas las herramientas necesarias para desarrollar estas capacidades.
En definitiva, comprender las emociones ajenas puede ser una fortaleza más frecuente entre las mujeres, pero aprender a escuchar, empatizar y gestionar los conflictos es una tarea que involucra a todos.
